Los niños no quieren aprender de la forma en que nos enseñaron a nosotros


Sebastián León Prado de  Unsplash

Si tienes hijos entre los 3 a 5 años te sentirás identificado al momento de leer este artículo y si ya pasaste por esa etapa te reirás al recordarlo.

A nivel global muchos procesos de enseñanza de las cosas básicas de la vida lo ejercen las madres, ya sea porque tienen más paciencia, los niños les temen más o simplemente nacieron para eso; por otra parte, en ocasiones nos toca a nosotros los hombres generar algunos conocimientos, mismos que son la base de otros conocimientos como lo son:

  • Electricidad – ¡¡¡Ok Pablito, este es el polo negativo y esteeeeeee lllll POSITIIIIIVOOOOO!!!

  • Agricultura – Cielo yo sé que te gustan los cocos, pero al agárralo no metas la cabeza.

  • Mecánica – Antes de cambiar un flat, debes asegurarte que el carro tenga el freno de manoooooo puestooooooo...

  • Seguridad personal – Si vez que un perro mueve la cola, acércate con calmita – Guauffff, gaufff... Correeee por tu vidaaaa..

  • Evitar sacarse “la ñeks” en bicicleta – Aprieta el freno, aprieta el frenooooo.

Ese es el tipo de cositas que los orgullosos padres enseñamos, también a botar la basura, bajar la tapa del inodoro y ¡cómo no hacerle caso a mamá cuando está enojada! y cosas por el estilo; pero hay otro tipo de educación por la que todos pasamos, la misma que llega a un punto casi que de “psicólogo-pediátrico”, el cual requiere de mucha paciencia, en especial cuando no se ha nacido para ser maestro de Preescolar.

Al inicio de este proceso todo es divertido, ya que recortábamos papelitos y les enseñamos a pegarlos con goma en uno de sus tantos cuadernos de trabajo; luego empezamos a usar lápices de colores para hacer dibujos y es ahí donde entendí que esto era para aflojar la mano (Que gran deducción), luego empezaron las letras y los números, momento este en donde la puerca empezó a torcer el rabo.

Cuales monjes tibetanos o mejor dicho, como profesionales con mucha paciencia, empezamos a sentirnos tensos y algo incomodos cuando nos dicen: “Papí me duele la mano”, “quiero hacer pipí”, “apaga la luz, ese foco me da mucho calor”... Y otras invenciones que nos hacen perder la paciencia, por lo que empezamos a preguntarle a las amistades para saber si es que nuestros hijo o hija es perezosa o somos nosotros los que no sabemos cómo es la cosa.

En mi caso la encuesta arrojó resultados MUY similares... “No mijo, si el mío me sale con que el reflejo de la luna hace que no vea bien” Por lo que con calma volví a vestirme de paciencia, ya que ahora estaba llegando el momento de escribir las vocales, números y su nombre... En ese momento pensé Joder ¿cómo le ponen a escribir su nombre? si ni siquiera se limpia el culito sola.

En ese momento me acorde del Kinder de la escuela Pio XII, allá a inicios de los años ochentas, en donde aún se enseñaba el uso del ábaco (calculadora china que jamás aprendí a usar), los cubitos con las letras de colores y el invento más “cool” de esos años, el LEGO... Intenté recordar cómo me enseñaba mi madre y la verdad, lo único que pude recordar fue las cómicas de Mazinger Z, San Kuo Kay y el Gato cósmico.

Por ende, apliqué la lógica que me decía mi amigo Iván – Hagamos las cosas a la Machingue– por

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ende, agarre su manito y con paciencia le dije... “Bueno mi amor así se hace el número uno” La verdad me tuve que tragar la rabia, ya que hacia cualquier cosa, menos algo que pareciera un número, por ende, ni hablar del “2” o el “3”.

Los meses pasaron y luego nos metimos de cabeza en las letras; admito que en esos tiempos me sentí algo frustrado y triste cuando una noche me dijo... “Papi no quiero aprender a leer, ni a escribir "a mí me gusta jugar y pintar” La verdad, busqué nuevamente entre los recuerdos de la infancia las palabras de mi madre, los libros que he leído y las experiencias de amistades, pero fue por gusto. No encontré una respuesta que a su corta edad ella pudiera entender.

Esta es la forma en que los procesos tradicionales matan la verdadera esencia de nuestros hijos… ¿Quién dijo que jugando no se aprende? Hoy con los avances en las neurociencias hemos comprendido que el cerebro nunca deja de aprender, pero en esas primeras etapas los infantes tienen lo que se conoce como neuroplasticidad, lo que se traduce en una amplia capacidad de aprender, ya que el cerebro de niños y niñas no se pregunta si esto es fácil o difícil de aprender, simplemente lo aprende cuando el MÉTODO incluye el juego y es divertido.

Para que lo entendamos desde nuestro cerebro adulto, acá un ejercicio: Escoge cualquier cosa que realmente disfrutes hacer, ya sea cocinar, bailar o correr. Si realmente lo disfrutas, aun cuando no tengas los mejores ingredientes, calzados o vestimenta afrontarás el reto y gozarás el proceso; ahora cambiemos el contexto del ejercicio. Si la persona que te enseña a cocinar, bailar o correr no es empático, no disfruta lo que te enseña y encima de eso te regaña una y otra vez porque lo haces mal, que crees que se te grabará en el cerebro. ¿Una sonrisa o temor?

Bien, ese es el motivo por el cual mi hija, así como la gran mayoría de niños de ayer, hoy y mañana quieren jugar y pintar, por esto mientras los procesos educativos sigan siendo los mismos de siglos pasados, seguiremos teniendo niños tristes y adultos frustrados, ya que nunca les enseñamos y orientamos a descubrir su verdadera pasión.

Esta es una gran oportunidad para enseñar a nuestros hijos a descubrir sus verdaderas habilidades, más allá de los ejercicios y las notas del boletín.

Abdiel Barroco

Fundador de Arkalab

Creador de contenido en Educación Divertida

Panamá - Tlf: +507- 6747-0046

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